Y luego quisiste entrar,
sabiendo que una palabra tuya
bastaría para matarnos, insidioso calor
verborrágico hasta en lo más primigenio.
Venérea de las noches, que asalta el sueño
y la paciencia limitada, de un ser vacilante
entre la duda de los besos y el más profundo
vacío de un espejo quebrado.
Nada será igual hasta que los sonidos
del alejamiento terminen esculpiendo
una lápida más en el fondo del cementerio
de mi cama.
¿Y qué pasaría si no existiese más que
un pensamiento oscilante, que juega
entre los extremos de la más cruda realidad
y la más ponzoñosa de las fantasías?
Un pensamiento cuyo único sentido
puede atribuirse a la oscura soledad
y también, quizá, a la humilde, inocente presencia de
una niña que juega en el patio de su casa.
¿No sabrá ese pensamiento que los caminos
ya han sido caminados? ¿No sabe que el polvo
que cubrió todas las alfombras y muebles de esa casa
es el mismo que se limpió Jesús luego
de haber aparentado al tercer día?
La filosofía última puede ser encontrar
la farsa que nos encadena y da sentido a nuestras vidas,
y nos hace tan felices.
Esa niña, que ha muerto ayer en la noche,
hoy en la tarde limpiará el polvo una vez más.
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